Hay dos cosas que se repiten durante los últimos meses cada vez que damos la noticia sobre nuestra vuelta al mundo: lo primero, la cara de sorpresa acompañada de un «¡¿Cómo?!». Lo segundo es un «Qué envidia, yo siempre quise…».

Nos hemos dado cuenta de que da igual la nacionalidad y el país, mucha gente de nuestro entorno tiene ese «lo que sea» que siempre quiso hacer, pero por alguna razón u otra dejó aparcado y ahora ya es demasiado tarde.

Y es una pena.

La lista de la compra

Nos pasamos la vida haciendo planes: ese nuevo móvil, esa nueva tele, ese nuevo coche. Las próximas vacaciones. Esa compañera del trabajo a la que, de verdad, mañana me atrevo y le invito a tomar un café. Ese hijo que queremos tener a los 31 porque antes no me viene bien, porque aún tenemos que dar la vuelta al mundo. Todos y cada uno de nosotros tenemos una lista de cosas que queremos hacer. Cosas que queremos tachar de la lista.

Guardamos esa lista en nuestras cabezas y vamos posponiendo nuestros planes. Vivimos de espaldas a la muerte, pensando que vamos a vivir 200 años, que ya tendremos tiempo de cumplir nuestros sueños. Pues deja que te diga algo: nuestro tiempo aquí es finito.

La semana pasada a primera hora de la mañana, mientras se dirigía en tren al trabajo, un hombre de unos 50 años fue atacado a punta de navaja por un desconocido. El hombre falleció frente a la atónita mirada del resto de pasajeros. Me dio que pensar. Las desgracias y el terror forman parte de nuestro timeline de Twitter pero no de nuestra vida real.

Munich es, con diferencia, la ciudad más segura en la que he vivido. Si olvidas tu cartera en la parada del autobús puedes volver a por ella porque, con toda seguridad, alguna buena persona la habrá entregado a objetos perdidos (si es que no te la llevan a casa directamente). Y aún así, suceden cosas como esta.

Estoy seguro de que ese hombre también tenía una lista de la compra que pensaba cumplir en los próximos 50 años.

Carpe fucking diem

Con todo esto no quiero decir que tengamos que vivir con temor o, por el contrario, volvernos nihilistas y adoptar una postura punk frente a la vida.

Estoy hablando de empezar a tachar cosas de nuestra lista de la compra. En pensar que todos vamos en un tren en el que a algún grillado se le puede cruzar un cable y decidir que hasta aquí hemos llegado. Quizás mañana, quizás dentro de un año o quizás dentro de cincuenta, pero una cosa es segura: ese día va a llegar. Y cuando veamos el fundido en negro de la película de nuestra vida, no nos vamos a arrepentir de las decisiones que tomamos sino de aquellas cosas que no hicimos. Vive la vida que soñaste. Carpe fucking diem.